Llega junio y con él una mezcla de emociones que muchas madres y padres conocemos bien, las demostraciones de fin de curso y de las distintas extraescolares, reuniones con profesorado, predecir con una bola mágica qué actividades querrán hacer el curso que viene, y desde luego y esto es lo más gordo, ¿qué va a pasar cuando acabe el cole y nosotros y nosotras sigamos trabajando? ¿Cómo vamos a organizarnos este verano? Para nuestros hijos e hijas suele significar el final de las clases, la ilusión de las vacaciones, los días largos y el tiempo de juego. Pero nosotras y nosotros…
De repente, nos encontramos preguntando en grupos de WhatsApp qué campamentos quedan libres, revisando horarios a última hora del día o haciendo auténticos malabares para encajar trabajo, vacaciones y cuidados. Quién les lleva, quién les recoge, qué hacemos esas semanas en las que todavía trabajamos pero el colegio ya ha terminado.
Y aunque cada familia encuentra sus propias soluciones, muchas compartimos una sensación parecida: nos faltan manos.
Hay madres y padres que esperan julio con ilusión. Y otros que lo viven con un pequeño nudo en el estómago. Porque mientras las redes sociales empiezan a llenarse de fotografías de piscinas, viajes y planes familiares, muchas personas están intentando resolver cómo cuidar de sus hijo/as durante casi tres meses sin dejar de cumplir con sus responsabilidades laborales.
La culpa de las madres y los padres en verano
Entonces suele aparecer una compañera de viaje bastante conocida: la culpa.
A veces es una voz discreta y otras veces bastante insistente. Nos pregunta si estamos haciendo suficiente. Si deberían pasar más tiempo con nosotras/os. Si estamos delegando demasiado. Si recordarían mejor un verano lleno de actividades o uno lleno de tardes compartidas. Aunque sepamos racionalmente que estamos haciendo lo que podemos, la duda suele encontrar la forma de colarse.
Como profesionales que acompañamos a familias, vemos esta preocupación cada año. Madres y padres que sienten que deberían estar más presentes, ofrecer más planes, disponer de más tiempo o encontrar soluciones mejores. Personas agotadas intentando llegar a todo y que, además, se juzgan por no conseguirlo.
Lo curioso es que muchas veces pensamos que el problema es nuestro. Que quizá no sabemos organizarnos bien. Que otras familias lo hacen mejor. Sin embargo, basta con conversar unos minutos con cualquier grupo de madres y padres para descubrir que el agobio está mucho más extendido de lo que parece.
Porque la realidad es que estamos intentando conciliar en una sociedad donde los tiempos de la infancia y los tiempos laborales no siempre encajan.
Nuestros hijos e hijas necesitan juego, descanso, movimiento, naturaleza, aburrimiento, encuentros con amiga/os, tiempo compartido y adulta/os disponibles. Pero muchas familias trabajan con horarios exigentes, pocas semanas de vacaciones y escasas medidas reales de conciliación.
Y así terminamos intentando resolver individualmente algo que en gran parte es un desafío colectivo.
Nuestros hijos e hijas no necesitan un verano perfecto
A menudo sentimos también la presión de ofrecer un verano extraordinario. El campamento perfecto. La actividad más enriquecedora. La experiencia que más les aporte. Como si cada semana tuviera que convertirse en una oportunidad única para su desarrollo.
La infancia también se construye en los momentos cotidianos
Sin embargo, la infancia no se construye únicamente a base de experiencias excepcionales.
Muchas veces se construye en lo cotidiano, con una conversación durante la cena o un paseo después de trabajar, una tarde tranquila con lo/as abuelo/as o una partida improvisada antes de dormir. Tienen que saber que queremos y nos gusta estar con ello/as, no tener la sensación de que son un problema.
Necesitan sentir seguridad, saber que no son una carga porque trabajemos, que no son maletas que empaquetamos, que organizar la vida familiar no siempre es sencillo y que, aun así, seguimos intentando cuidarles de la mejor manera posible.
Quizá este verano no salga exactamente como habíamos imaginado. Habrá días de prisas, cambios de planes, conciliaciones imposibles y momentos en los que sentiremos que estamos haciendo malabarismos para llegar a todo.
Pero si algo observo cada año en las familias a las que acompaño es que detrás de todas esas preocupaciones suele haber mucho amor. Mucho más del que a veces somos capaces de reconocer por el cansancio.
Por eso, además de buscar soluciones para el verano, quizá también podamos regalarnos algo de comprensión.
Porque educar, cuidar y trabajar al mismo tiempo no debería ser una prueba constante de resistencia.
Y porque, en ocasiones, nuestros hijos e hijas no necesitan que organicemos un verano perfecto. Necesitan simplemente que, cuando llegue septiembre, podamos mirar atrás y recordar que lo hemos pasado bien.
Martina Pérez Oliván
Martina Pérez Oliván es pedagoga, doula e instructora de Hipnoparto. Es especialista en Neurociencias del recién nacido y Neuropedagogía, y especialista en sueño infantil.
Además, da clases en la Universidad Popular de Logroño y se dedica a acompañar a madres y padres, asesorándoles durante el embarazo y la crianza de sus hijos.











